Marcos 4, 35 – 40.
Aquel mismo día, al atardecer, díjoles: Pasemos a la otra orilla. Dejando la turba, se lo llevaron cual se hallaba en la barca. Y otras barcas le acompañaban. De pronto sobrevino tan brava tempestad de viento, que las olas batían la barca, hasta el punto que ésta comenzaba a inundarse. Mientras, él estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Y le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te interesa que perezcamos? Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago: ¡Calla! ¡Enmudece! Y amainó el viento, y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo ¿A qué tanta pusilanimidad? ¿Cómo no tenéis confianza? Y sobrecogidos de temor, se decían unos a otros: ¿Quién es, pues, éste a quien el viento y la mar obedecen?.
Nuestra vida de cristianos es como la barca de San Pedro, navegamos en un mar que a veces es suave y otras bravo, pero es una barca en la que Cristo está presente porque así nos lo prometió: “Estaré con todos vosotros, todos los días, hasta el fin de los tiempos”.
Desde el mismo momento en que aceptamos a Cristo en nuestras vidas, aceptamos que Él está subido en nuestra barca y eso debería ser un gran motivo de alegría. Jesús está con nosotros, Él llena nuestra barca con su presencia y la completa con otras gratificaciones, ya que cuando Él nos indica dónde y cuándo echar las redes sacamos una gran cantidad de peces, sin embargo cuando nos dejamos llevar por nuestra soberbia y rebeldía, no obtenemos más que decepciones.
Como dice la palabra, aquel día Jesús se echó a dormir en la popa de la barca cuando apareció una tempestad. Entonces los apóstoles, atemorizados, se sintieron solos y desamparados. Sí, Jesús estaba con ellos, pero estaba dormido, ajeno a lo que pasaba mientras una tormenta atroz se les venía encima. En este punto se produce el principal contraste de la palabra, mientras los apóstoles veían en Jesús inoperancia y negligencia, no eran capaces de ver la confianza, la que Jesús tenía en que nada malo iba a suceder. En efecto, el miedo de los apóstoles a naufragar en medio del temporal, el temor al fracaso, fue mayor que la confianza que tenían en Jesús, a quién ya le habían visto hacer varios milagros.
Nuestra vida se parece mucho a la barca de los apóstoles, en ella hay momentos de dificultades, de dudas y miedos. En esos momentos de tribulación nos angustiamos sobremanera, aún más si la presencia del Señor está como oculta, y no es que Dios nos haya abandonado o nos ignore, sin embargo nosotros sí sentimos que es como si estuviera “dormido”. Entonces desesperamos y pensamos que estamos pérdidos: ¡Dios está dormido!, ¡No le preocupa que perezcamos!, ¡No le importamos!, … podemos llegar a pensar que Dios se olvida de nosotros, y no vemos que quizá es al revés, nos ofuscamos tanto con nuestros problemas y dificultades que somos incapaces de ver a Dios y no somos capaces de entender lo que Él nos trata de comunicar, de ver que Él está a nuestro lado y que debemos seguir teniendo confianza en Él, que es quien mejor sabe guiar la barca. Por eso es importante la oración constante, una oración sincera y personal, que mantenga el corazón en vela y atento a lo que en cada momento el Señor está tratando de decirnos.
En resumen:
Primero. – Como barcas en medio del mar, nuestras vidas van a la deriva y pueden verse fácilmente envueltas en momentos de dificultad. Esto es inherente a la condición humana pues nadie está exento de pasar penurias.
Segundo. – Afortunadamente, Dios está con nosotros y nos acompaña en nuestra barca, no sólo está presente en ella, sino que nos ayuda a mantenerla en buen estado: la limpia cuando el pecado la ensucia, la repara cuando está dañada y herida, nos echa una mano cuando lanzamos las redes y nos indica dónde lanzarlas para obtener la mejor pesca (esto es, nos da fuerzas para la vida diaria, y nos mantiene alerta para llenar nuestra vida de lo verdaderamente importante).
Tercero. – No hay que descuidar la relación con Dios, la oración ha de ser constante. Si Dios está con nosotros, ¡aprovechémosle!, no vaya a ser que vengan las dificultades y nos encuentren con la fe dormida, y entonces perezcamos sin remedio, ”despertemos” la fe, mantengámosla fuerte y activa con una oración perseverante.
Cuarto .- Hay grandes tormentas y dificultades pero no nos olvidemos que Dios lo puede todo, “hasta el viento y el mar le obedecen”. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas, si Dios está con nosotros, ¿quién nos podrá parar?. Por muy grande que sea el problema, Dios nos ayuda a seguir adelante y por eso …
Quinto .- … hay que confiar en Su manera de hacer las cosas. A veces no lo entendemos pero Dios tiene una manera de resolver los conflictos que puede ser muy diferente a la que nosotros podemos pensar, por eso debemos estar atentos y confiar, confiar plenamente en que al final, si las cosas las hacemos a Su manera, será la mejor forma en que se puedan resolver. En esto consiste gran parte de la Fe: en confiar en que la voluntad del Señor es siempre lo mejor para nosotros.
Recibid un abrazo en Jesús y en María y QDOB.