Hará casi un año, tuve la oportunidad de cruzar algunas palabras sobre la Navidad con un conocido. Según él, la Navidad había perdido todo su sentido convirtiéndose en poco menos que una farsa, una máscara que usan algunas personas para mostrarse cándidas y amables durante unos días, pero que en el fondo nada cambia. No se trataba de una persona creyente, y se quejaba de toda la parafernalia que rodeaba la Navidad, desde los ritos religiosos hasta los hábitos más consumistas, todo para ésta persona era motivo de crítica.
No obstante, había algo en lo que coincidía conmigo y era el hecho de que en estas fiestas, quienes más las disfrutan son los niños. Para los más pequeños, las Navidades siguen teniendo un sabor especial: las luces, los adornos, los belences en los escaparates, … todo es un despliegue de maravillas ante sus ojos.
Son ellos los que esperan estas fechas con la máxima ilusión porque en ella confluyen multitud de sensaciones: las vacaciones, la ilusión por los regalos, la reunión de la familia, la cabalgata de los Reyes Magos, etc. Su agenda está llena de acontecimientos magníficos y únicos que no tienen comparación con el resto del año.
Será por eso que nosotros los mayores ponemos tanto empeño en satisfacer su ilusión, porque nosotros también nos vemos reflejados en ellos y queremos contagiarnos otra vez de lo que sienten, volviéndonos otra vez niños, como los que fuimos antaño. No obstante, “sólo los que se hacen como niños entran en el reino de los cielos”.
Y este es el reto que se nos presenta ante nosotros este Adviento, preparar la venida del Señor como niños:
- Como niños, ajenos al ajetreo del mundo que nos distrae de lo importante.
- Como niños, asombrados por las maravillas que Dios pone ante nosotros cada día.
- Como niños, aceptando con ilusión desbordada el regalo de la venida de Jesús como Salvador nuestro.
Así pues, sólo deseo que este año todos nosotros nos volvamos como niños de nuevo y volvamos a sentir la ilusión de estas fechas, que no pasen desapercibidas y que sean motivo para renovarse y maravillarse del amor que Dios tiene para cada uno de nosotros. Que sepamos ver con la sencillez de los ojos de un niño, que un Salvador nos va a nacer para liberarnos de la esclavitud del mundo y reconocer, que hay perdón tras los errores, reconciliación tras las riñas, humildad tras las soberbias y amor en los corazones. Amor que no debe quedarse estancado en ellos, sino ser “una medida buena, apretada y rebosante”.
Que Dios les bendiga a todos. Amén.
Escrito por effetah
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