“Una medida desbordante”.

Domingo, 19 Julio, 2009

“Entonces se le acercó Pedro para preguntarle: Señor, ¿cuántas veces deberá perdonar a un hermano mío, los agravios que me haga?. ¿Hasta siete veces? Respondióle Jesús: No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete. Por eso es semejante el reino de los cielos a un rey que quiso llamar a cuentas a sus siervos. Al comenzar a pedirlas, se le presentó uno que le debía diez mil talentos. Y como no tenía con qué pagar ordenó el señor que fuera vendido el siervo, su mujer, sus hijos y todo cuanto tenía, y satisficiera así la deuda. El siervo cayó de rodillas y prosternado le suplicó: Señor, ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Compadecióse el señor del siervo y le dejó marchar, y le condonó la deuda. Al salir aquel siervo encontró a uno de sus compañeros, que le debía cien denarios. Y asiólo y le ahogaba, diciendo: Págame lo que me adeudas. De rodillas a sus pies, el compañero le suplicaba: ¡Ten piedad conmigo!, te lo pagaré todo. Mas él no accedía y llegó a meterle en la cárcel, hasta que liquidara la deuda. Al verlo sus compañeros se entristecieron en gran manera y vinieron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor llamó a cuentas a su siervo: ¡Siervo malvado!. Toda tu deuda te condoné porque me lo suplicaste. ¿No era razón que tú te apiadases de tu compañero, como yo me apiadé de tí?. Y enojado su señor lo entregó a los verdugos hasta que le pagara la deuda. Así hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano”. S. Mateo 18, 21-35.

No es nada nuevo, podrían decir algunos que es bastante común el hecho de que los seres humanos nos decepcionemos mutuamente. Creo que como a mí, le pasa a mucha gente, quedamos con alguien en algún asunto: una cita, un contrato, un trabajo, etc. pero la otra persona no cumple con su parte del acuerdo, se retrasa, o no se presenta, o no realiza su labor como le corresponde. El resultado final es siempre una decepción porque no vemos reciprocidad hacia nuestro firme compromiso.

Seguramente, tú como yo, que pensamos en hacer honestamente el bien a los demás y tratarles como quisiéramos que nos trataran, no podemos evitar sentirnos mal cuando no somos correspondidos de la misma manera. Pensamos que esa gente es irresponsable y que no conviene hacer más tratos con ella, nuestra paciencia se agota y traicionados nos replantearnos la  relación que hasta entonces nos unía.

Hace poco me pasó algo parecido con varias personas de mi entorno, y mientras reflexionaba en la decepción que me invadía, me dió por pensar en cómo afectaba esto a mi relación con Dios. En efecto, yo me sentía mal por el agravio que estas personas me habían provocado, pero ¿cómo se sentía Dios en otras tantas veces en que yo le he agraviado con mi pecado?.

Me dí cuenta de que mi actitud era semejante a la del siervo de la parábola ¿qué pasaría si el Rey me pidiese cuentas de mis actos? ¿qué pasaría si Dios me reclamase la misma atención que yo exijo?.  El sacrificio de Jesús que entregó su sangre para perdonar mis pecados, se vería escasamente recompensado con mi intolerancia hacia los demás. Porque en el fondo muchas veces no soy capaz de perdonar los errores de los demás y al igual que no soy capaz de ver que  yo también cometo errores que a los ojos de los demás pueden ser tan graves como los que les achaco al resto.

También tengo que tener en cuenta que una gran parte de las veces en que se provocan estas situaciones, se trata de naderías, cosas que no son realmente importantes, o que al final tienen una solución no muy rebuscada. Como dice otra palabra:

“No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y se os perdonará. Dad y se os dará. Medida llena, estrujada, remecida, desbordante será la que os echarán en vuestra halda. Así, pues, con la medida que midiéreis se os medirá a vosotros”. S. Lucas 6, 37-38.

Debemos ser capaces de ver la justicia de Dios y aplicarla en nuestra vida, perdonar a nuestros hermanos de la misma manera que nosotros estamos necesitados de perdón. Y tolerar a los demás porque no todos somos iguales pero sí que todos somos hijos de Dios y merecemos un mismo respeto.


Effetah: Cumplimos un añito.

Jueves, 16 Julio, 2009

En el día de hoy en el que celebramos el día de “El Carmen”, hace ya un año que comenzó este blog. Solo cabe pedir la intercesión de Nuestra Señora, para que podamos seguir abiertos por mucho tiempo, compartiendo lo que en la vida nos depare el Señor.

¡¡¡ Salve Stella Maris !!!.

SALVE MARINERA

¡Salve! Estrella de los mares.
De los mares Iris de eterna ventura,
¡Salve! Fénix de hermosura,
Madre del divino amor.

De tu pueblo los pesares
tu clemencia dé consuelo.
Fervoroso llegue al cielo
hasta Tí, hasta Tí nuestro clamor.

Salve, Salve, Estrella de los mares
Salve, Estrella de los mares…
Sí, fervoroso llegue al cielo
hasta Tí, hasta Tí nuestro clamor.

Salve, salve
Estrella de los mares
Estrella de los mares
¡Salve! ¡Salve! ¡Salve, Salve!

¡¡¡ VIVA LA VIRGEN DEL CARMEN !!!


Un café con Jesús.

Martes, 7 Julio, 2009

El otro día quedé con una amistad para tomar un café. Tras un tiempo sin vernos era la oportunidad perfecta para ponernos al día y contarnos como nos iba la vida a ambos. En el transcurso de la conversación, me comentó que estaba pasando por un mal momento con su pareja, habían discutido mucho y estaban a punto de dejarlo definitivamente. Se quejaba de que se sentía desplazada, ya que en vez de de aprovechar a pasar más tiempo juntos, y tratar así de arreglar sus asuntos, su pareja prefería pasar más tiempo con sus amistades.

Esta conversación, que no pasa de ser una de tantas entre dos amigos tomando un café, un día cualquiera en una tarde cualquiera, me sirvió para reflexionar no sólo en los problemas de la relación que tenía esta pareja, sino en los problemas que tenemos muchos cristianos en nuestra relación con Dios.

Me dí cuenta que en la vida diaria que llevamos, estamos tan ajetreados que casi no nos queda tiempo para nosotros mismos, así que siempre es de agradecer poder parar un momento y tomarnos un café de vez en cuando,  sobre todo si podemos gozar de la compañía de un buen amigo. Compartir un café y una conversación con otra persona nos permite escuchar y ser escuchados, no sólo es compartir una taza de infusión, es compartir un tiempo, un espacio y una experiencia, incluso aunque ninguno de los presentes tenga nada importante que decir, siempre se disfruta la compañía del otro.

Pero … ¿qué nos pasa con Jesús?, constantemente le estamos escatimando tiempo y anteponemos otras tareas presuntamente más importantes a pasar tiempo con Él. Incluso me sorprendió comprobar, que somos prestos a quedar con otras personas, pero somos muy perezosos cuando se trata de pasar un tiempo con el Señor.

En este sentido nos parecemos mucho a la pareja de esa persona que os comentaba varios párrafos más arriba, podemos pensar que Jesús es el centro de nuestra vida, que le amamos profundamente y le adoramos, que por Él daríamos la vida, y sin embargo cuando llega la hora de la verdad, en las cosas más nimias, le descuidamos, le dejamos para después y le relegamos para el último lugar de nuestra interminable agenda. No vemos que actuando así lo que hacemos es debilitar cada vez más nuestra relación con Dios y quizá arriesgarnos a perderla completamente, y desde luego así podría ser si nos dejamos asfixiar por los “espinos”, que son las cosas de la vida diaria a las que se refiere la parábola del sembrador. La diferencia fundamental aquí es que Él siempre va a estar dispuesto a recibirnos de nuevo, la duda por tanto, es si nosotros seremos capaces de rectificar nuestro error.

Por esto pienso que deberíamos intentar tomar más cafés con Jesús, para así aprovechar a contarle nuestras cosas y hablar de ellas como lo haríamos con un amigo del alma, fortaleciendo así nuestra relación con Él. Estoy seguro de que un rato de oración en Su presencia puede ser de los más reconfortantes que podamos tener en el día.