Hace ya casi un año, el 29 de Julio de 2007, era Domingo y me encaminaba temprano a la Iglesia con la intención de asistir a la misa que estaba a punto de empezar.
Recuerdo que aquella mañaba me sentía fatal por algo que había hecho durante la semana. Así llegué a las puertas de la Iglesia, lleno de vergüenza por presentarme ante el Señor con la suciedad de mi culpa.
Allí estaba yo, con la cabeza gacha enfrente del enrejado que da acceso a la nave principal de la Iglesia, echando de menos el poder acercarme al confesionario, pero no podía porque el edificio es tan pequeño que no tiene, o al menos, yo no lo había visto en anteriores ocasiones. Fue entonces cuando muy cerca de donde yo estaba, me sobresaltó la presencia de un confesionario con la luz de “libre” encendida, como si fuera un Taxi en un día de lluvia. En situaciones como esta, uno puede comprobar que Dios tiene mucho sentido del humor.
La explicación del fenómeno estaba en que hacía un par de semanas había llegado el nuevo párroco, después de varios meses de ausencia del titular (aunque las misas las seguía oficiando otro sacerdote que actuaba con cargo “en funciones”), y había rescatado el confesionario y lo había puesto allí, cerca de la entrada, y como todavía era pronto para comenzar la misa, estaba allí leyendo y rezando el rosario.
Estaba claro, ahora no podía echarme atrás, había deseado poder confesarme y ahí tenía todo un confesionario completamente equipado para la ocasión. Así pues, tragué saliba y encaré el cubículo de madera, me arrodillé y dije las palabras clave: “Ave María Purísima”, que fueron inmediatamente contestadas con el habitual ”sin pecado concebida”. El resto ya pertenece a Dios.
Está claro que no a todo el mundo le gusta confesarse, es muy incómodo y es probable que la Iglesia podría haber articulado cualquier otra forma de administrar el sacramento de la reconciliación que fuera igualmente válido, no obstante el que ahora hay es el único disponible y sólo se puede intentar sacar de él lo mejor posible.
Los antiguos Judíos solían hacer sacrificios de animales en expiación de sus pecados, el mío fue un sacrificio por la humillación propia. El mismo acto de reconocer nuestros fallos ante otro ser humano como es el sacerdote, es para mí un acto de humildad y sometimiento a la voluntad de Dios. Un paso al frente y una experiencia liberadora al recibir la absolución. Podría decirse que para mí la penitencia es anterior a la propiamente dicha y que posteriormente impone el sacerdote y con la cual yo cumplo gozoso, porque no me supone nada de esfuerzo en comparación con la carga que llevaba antes de confesarla.
QDOB