En relación con el último texto del blog, rescato un correo que escribí el 26 de Julio de 2004 a una amiga, espero que sea de vuestro interés y QDOB.
Hola:
Esta mañana recordaba un episodio de cuando todavía íbamos a confirmación, seguro que recuerdas algo que nos dijo Toñi hace ya mucho tiempo, algo que es más o menos así:
“Cuando pecamos rompemos la cuerda que nos une a Dios, pero cuando esto sucede, Dios hace un nudo de modo que cuando la cuerda vuelve a estar unida nos vamos acercando más a él”.
Recuerdo que al año siguiente, cuando ya estábamos con Rubén, a colación del tema se lo contaste a él, pero Rubén no quedó muy convencido.
Dándole vueltas más tarde comprendí que Rubén tenía razón en dudar, puesto que expresado como viene anteriormente, parece como sí el pecado nos uniese a Dios, cuando el efecto del pecado es todo lo contrario.
Tiempo después, leyendo a San Pablo, descubrí una palabra que también se relacionaba con el tema, en ella San Pablo venía a dar gracias por sus debilidades pues ellas le permitían acercarse a Dios.
II Corintos 12, 10: “Por esto me complazco en las flaquezas, en las afrentas, en las adversidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo. Pues cuando me siento endeble entonces soy fuerte”.
Pero finalmente fue tras la lectura del Catecismo y la experiencia propia cuando me encajaron todas las piezas del rompecabezas.
En efecto, el concepto que falta para comprender la relación entre la frase de Toñi, Rubén y San Pablo, es la reconciliación. Así pues, cuando pecamos ciertamente deterioramos la relación con Dios, incluso, cuando pecamos gravemente podemos llegar a romper los lazos con Él, nos distanciamos. Unas veces avergonzados, como Adán y Eva, nos queremos ocultar de Dios, no nos damos cuenta que no hay nada que ocultar, y que al rehuir de su luz caemos en el vacío de las tinieblas. Otras veces resentidos y rebeldes queremos hacer ver que no necesitamos de Dios, que nos valemos de sobra sin Él, tratamos de herirle, como queriendo dar una lección a ese viejo mandón, sin ver que somos nosotros los que nos herimos a nosotros mismos y que incidir en nuestra rebeldía sólo corre en nuestro perjuicio. De este modo cuando la relación se rompe, se rompe la cuerda que nos une a Dios, mas cuando arrepentidos pedimos perdón, Dios se apresura a anudar “la cuerda”. Sólo cuando hay un arrepentimiento sincero promovido por el amor que sentimos hacia Dios, la relación vuelve a reestablecerse con el añadido de que al recibir su misericordia sentimos un alivio y una gratitud extra que nos hace ver a Dios más cercano de lo que lo veíamos antes.
Así ya no se malentiende pues es el perdón, la reconciliación, lo que nos une más a Dios, y no el pecado como podría deducirse (mal deducido) en primera instancia (quizá el problema venía porque la reconciliación se obviaba en la frase de Toñi).
Con esto hemos “reconciliado” a Toñi y a Rubén, pero aún queda ver que tienen que ver San Pablo y el Catecismo en todo esto. El discernimiento que a continuación voy a exponer no es del todo sencillo pues se basa en la experiencia personal con las dificultades de extrapolación a la experiencia personal de otras personas que eso conlleva, incluso creo que su comprensión es imposible sin la Gracia del Espíritu Santo.
Yo como tantos, soy un pecador, algunos de mis fallos puede que sean pequeños pero otros son graves, tanto más cuando minan negativamente mi relación con el Señor hasta el punto de sentir que con ellos acreciento las llagas de nuestro querido Señor Jesucristo. Así pues, ahora cuando estos pecados me afligen, mi amor a Jesucristo me hace sentir la imperiosa necesidad de acudir al sacramento de la reconciliación y cuando en la absolución, la gracia del Señor se derrama como el agua sobre la cabeza de un bautizado, mi corazón gozoso y agradecido late con nueva esperanza, con la convicción de afrontar las tentaciones con mayor fortaleza en reciprocidad del sacrificio de Jesús en la cruz.
Sin embargo esto no ha sido siempre así, pues durante largo tiempo me escudaba en escusas muy convincentes para no acudir al sacramento. Así pues, yo era de la opinión que para la correcta dirección espiritual, si había que confesarse, debía ser con alguien de absoluta confianza pues un desconocido no iba a conocer el alcance de mis pecados. Consciente de lo difícil que era encontrar un director espiritual y que no moviendo un dedo era imposible encontrarlo, vivía en la oscuridad, y aunque unas veces con mayor sinceridad y otras con menos le confesara a Dios Padre mis pecados en la intimidad de la oración, sentía que aquello no bastaba para llenarme de paz. Pero llegó un día con el nuevo año, que en medio de una misa sentía la llamada del Espíritu para acercarme al confesionario y dejar allí todo lo que sobraba, todo lo que manchaba el templo del Señor que es mi cuerpo. Descubrí entonces, que la humillación que supone, despojarme de las hieles que nacen en los rincones más oscuros de mi alma, a un sacerdote que no conozco, es como un sacrificio de suave perfume para el Señor, la Gracia entonces se derrama y la “casa del Señor” que es tu cuerpo y tu alma quedan purificados, listos para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía.
Cierto que el sacramento de la reconciliación puede administrarse de diferentes formas, pero no es menos ciertos que aunque la actual no pueda agradar a muchos, en ella se derrama la Gracia y en mi caso no era nada sensato renunciar a ella por una escusa vana y vacía como las que yo argumentaba.
En este punto podemos ver que con razón decía San Pablo que sus debilidades le acercaban al Señor, en tanto en cuento, ellas le forzaban a luchar para evitar las tentaciones, a acudir al Señor continuamente para reconciliarse con Él y al mismo tiempo, algo que no había mencionado hasta ahora, empaparse de la misericordia del Señor.
En efecto, la misericordia del Señor manifestada en el perdón de nuestros pecados, nos llama a ser misericordiosos con nuestros hermanos, del mismo modo que nosotros fallamos, ellos también fallan, y del mismo modo que nosotros nos sentimos heridos, ellos también se sienten heridos, en consecuencia, hay que “tratarlos como nosotros queremos que nos traten”. Aunque los cristianos estamos llamados a corregirnos entre nosotros por lo que se denomina la “corrección fraterna”, es la misericordia la que debe guiar el tono de la corrección y por ella canalizar la caridad, siendo sólo aquellos que están libres del pecado, los únicos que pueden arrojar las piedras (pero estos son los Santos y los Santos están llenos de compasión
).
Así pues, y tras serme entregado este discernimiento no puedo más que intentar ponerlo en práctica y comenzar pidiendo perdón por todas las veces que he sido duro y áspero apuntando la “paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el mío”.
Recibe un abrazo en Jesús.
Escrito por effetah
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